Arquitectura como Evento Multidisciplinar: (re)definiendo el rol del arquitecto
EJERCICIO PROFESIONAL

Vivimos una época en la que urge reconfigurar el punto de partida de la arquitectura. No por moda, ni por tendencias editoriales, sino por responsabilidad. En medio de una crisis ambiental, social, económica y cultural, el arquitecto debe dejar de creer que su labor comienza y termina en el edificio. El mundo exige otra cosa. Mientras las condiciones a nuestro alrededor se complejizan, la arquitectura, paradójicamente, se simplifica. El discurso que defiende una práctica multidisciplinar se ha institucionalizado, repetido hasta perder sentido.En muchas facultades y oficinas se enseña que lo multidisciplinar consiste en sumar al proceso arquitectónico especialistas de campos como la ingeniería, el marketing, la gestión o la economía, es decir, la sumatoria de aquellos saberes que aseguran que el edificio se mantenga en pie, que no rebase el presupuesto, que se venda rápido y que genere retorno de inversión. En otras palabras, lo mínimo.

Sin embargo, ser verdaderamente multidisciplinar implica algo radicalmente diferente. Implica entender que el punto de partida del proyecto arquitectónico no es la arquitectura, sino una situación externa o ajena a ella. Un conflicto social, una tensión ecológica, un vacío cultural, un proceso migratorio, un problema legal, una manifestación poética. Desde allí, desde lo ajeno, emerge la posibilidad de activar la arquitectura como mediadora, como catalizadora de significados, como forma de traducir esos paradigmas en algo que pueda ser pensado colectivamente. El resultado no siempre será un objeto edificado: puede ser una exhibición, un archivo, un dispositivo sonoro, una narrativa cartográfica, una pieza artística, o incluso un protocolo de acción. Y, aun así, será arquitectura, porque fue pensada desde ese lugar de mediación que le es propio.

Esta mirada obliga también a repensar qué entendemos por construir. La etimología de architectuso jefe constructor, nos recuerda que la arquitectura no está ligada exclusivamente al ladrillo, sino al acto de organizar, de dar forma, de estructurar relaciones. ¿Construir es levantar edificios o construir es habilitar otras formas de vida? ¿Es levantar paredes o proponer nuevos modos de entender elespacio, la política y lo común? Cuando el objetivo de la arquitectura se reduce a lo construido, muchas veces se limita también su sentido. Se vuelve funcional, obediente, y demasiado cómoda para incomodar.

Estas preocupaciones, aunque hoy adquieren una urgencia renovada, no son nuevas. En Hacia una nueva arquitectura (1923), Le Corbusier ya advertía con ironía que “los ingenieros, por su parte, se han adaptado a los tiempos modernos. Los arquitectos, en cambio, han permanecido inmóviles”. Su señalamiento es claro: mientras algunas disciplinas técnicas han sabido evolucionar con los desafíos de su época, los arquitectos han tendido a encerrarse en sus formas heredadas, ignorando el pulso del presente. Más recientemente, Enrique Walker, en su ensayo Contra la arquitectura, advierte que “la despolitización de la arquitectura ha ido de la mano de un ataque a las prácticas intelectuales y de la exaltación de soluciones simples a problemas complejos”. Ambas observaciones, aunque separadas por casi un siglo, apuntan a la misma necesidad: la de una arquitectura que se abra a lo incómodo, lo complejo y lo incierto.

Esta postura no busca cancelar la práctica tradicional ni oponer una arquitectura nueva a una vieja. No se trata de reemplazar lo construido con lo conceptual, ni de condenar al edificio. Se trata, más bien, de ampliar el marco desde el cual entendemos la práctica, de devolverle a la arquitectura su capacidad para operar en múltiples dimensiones. Se trata de recordarle que, además de construir espacios, puede construir relatos, vínculos, críticas, preguntas. Lo que está en juego no es una estética ni una técnica, sino una actitud.

En Nueva York, la capital del mundo, se puede conocer de cerca prácticas que encarnan esta mirada expandida. El trabajo de Andrés Jaque, es un ejemplo evidente: su arquitectura no parte del encargo, sino de lo político, lo afectivo, lo doméstico como campo de batalla. Proyectos como Cosmo o House in Never Never Land no responden a problemas convencionales, sino que los inventan, los escenifican y los transforman en relatos espaciales. TAKK una oficina fundada en Barcelona, trabaja desde las energías, los cuerpos y el deseo. En sus investigaciones, una cama, un baño o una cocina son laboratorios de nuevos modos de vida, más que simples dispositivos funcionales. El tailandés Boonserm Premthada ha desarrollado una línea de trabajo que él mismo define como “arquitectura no centrada en el ser humano”. Uno de sus puntos de partida han sido los elefantes, sus formas de moverse, sus residuos, sus formas de habitar. Desde ahí, articula proyectos arquitectónicos que responden a lógicas distintas de las humanas, descentrando el canon de lo que se entiende por usuario. En Londres, Forensic Architecturere define por completo la noción de evidencia: sus herramientas espaciales, visuales y sonoras sirven para investigar crímenes de Estado, conflictos armados o violaciones a los derechos humanos. No hacen arquitectura para habitar, sino arquitectura para testimoniar. El proyecto Air Drifts, desarrollado desde el Buell Center en Columbia University, convierte datosclimáticos en estructuras narrativas y artísticas, activando nuevas formas depensar el cambio climático desde lo sensible. Y en Japón, la iniciativa Satoyama Revitalization, impulsada por Atelier Bow-Wow, Tsukamoto Laboratory y la Small Earth Association, demuestra que la arquitectura también puede ser gestión territorial, forestal y cultural, incluso sin levantar una sola losa de hormigón.

Ninguno de estos ejemplos se ajusta del todo a los criterios clásicos de lo que solemos considerar arquitectura. Y, sin embargo, todos lo son. No porque encajen en una definición estable, sino porque ensanchan los límites de la disciplina al operar desde otros campos, desde otros lenguajes y desde otras urgencias.

En Ecuador tenemos, curiosamente, una ventaja cultural. Existe una forma de pensar, muy nuestra, que dice: “yo puedo hacer de todo”. A veces se malentiende como soberbia, pero también podría leerse como una intuición poderosa: la posibilidad de movernos entre saberes, sin quedar atrapados en un solo rol. El problema no radica en creer que se puede hacer todo. El problema es no canalizar esa energía hacia preguntas que importan. Si vamos a decir que podemos con todo, que sea para empezar desde otros lugares. Desde la selva, desde una injusticia, desde una migración, desde un saber ancestral, desde una canción. Eso también es arquitectura. Y quizás, hoy más que nunca, eso es lo que más se necesita construir.


REFERENCIAS FOTOGRÁFICAS:

Imagen 1: Andrés Jaque / Office for PoliticalInnovation, COSMO MoMA PS1, New York 
Imagen 2: Bangkok Project Studio, The CulturalCourtyard - Elephant World, Thailand
Imagen 3: TAKK, Bathroom, Barcelona
Imagen 4: Bangkok Project Studio, The CulturalCourtyard - Elephant World, Thailand
Imagen 5: Forensic Architecture, ExpulsionsPlatform, Ecuador







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Palabras claves: Quito, patrimonio cultural.
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Inicios de la educación del arquitecto

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Palabras claves: educación del
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